martes, 24 de septiembre de 2019

Parasite (2019)

Uno de los mandamientos más importantes de la creación cinematográfica (y artística en general) es "no aleccionarás". Pocas cosas hay más pedantes e insufribles que un cineasta que busca dar lecciones de moral de forma explícita a través de sus películas, hablándole a sus espectadores desde el púlpito de la corrección política, o desde ese miserabilismo sensacionalista que busca estrujar durante hora y media los corazoncitos de los sectores más privilegiados. Esto no significa que el cine deba dejar de lado sus componentes sociales y políticas (¿se pueden hacer películas sin contenido sociopolítico?), pero un cine que pretenda explorar de forma no superficial los mecanismos mediante los que opera una sociedad, debe exhibir en lugar de juzgar. Vamos, una cosa es Los olvidados, de Luis Buñuel, y otra muy distinta Precious, de Lee Daniels.

Se necesita mucha inteligencia y un gran sentido de balance narrativo para componer una película que diga algo sobre la pobreza sin caer en las torpezas propias del misery-porn, o en las obviedades discursivas del que habla sobre algo que no conoce. Por fortuna la mente del cineasta surcoreano Bong Joon-ho volvió a revitalizarse tras su desafortunada incursión en tierras estadounidenses (Snowpiercer / Okja) y encontró en su natal Corea del Sur la libertad suficiente para construir Parasite: una cinta que decide explorar la brutalidad asociada a la lucha de clases mediante una alegoría de imaginación desbordante.

En el semisótano de un edificio viven los parásitos: una familia sumida en la pobreza que ve en el recién conseguido trabajo del hijo mayor una oportunidad para salir de la miseria. Por azares del destino el joven se ha convertido en el tutor de inglés de una chica inmensamente rica, y el lujoso escaparate de su nueva vida laboral lo motiva a idear un plan maquiavélico para insertar de forma gradual a toda su familia en diversas posiciones de trabajo dentro de la mansión. La anécdota, que en un principio se desarrolla de forma inocente y jocosa, progresivamente se transforma en un vertiginoso thriller que abre de tajo las entrañas de una guerra social sin cuartel, en un mundo donde la bondad y la maldad tienen poco o nada que ver con el éxito o el fracaso social. Un mundo que no sabe de maniqueísmos morales, y cuyos engranes son ejércitos de parásitos dispuestos a hacer lo que sea para sobrevivir.

Recomiendo que no busquen saber más sobre la película. Parasite es un filme que construye sus múltiples capas narrativas con paciencia, y cuyo disfrute (al menos en la primera vista) depende en buena medida de los inesperados retruécanos de su trama. Sin embargo, una vez asimilados esos giros argumentales en vistas posteriores, lo que queda es una brillante y cruel reflexión sobre los azarosos mecanismos sociales que a algunos les otorgan la gloria y a otros el olvido. Mecanismos que dan lugar a un mundo que, como el Infierno descrito por Dante, compartimenta a sus habitantes en una multiplicidad de niveles que, salvo contadas excepciones, resultan inescapables sin importar la determinación y la violencia con la que se busque ascender hacia la falsa promesa de la felicidad monetaria.

En esta ocasión Bong Joon-ho filma con una libertad que probablemente no había tenido desde The Host. Una libertad que se percibe de inmediato en el potente título del filme, que con la violencia de una palabra reduce el comportamiento social humano a una mera lucha parasitaria; en el tratamiento estético de la película, que se regodea en el contraste social de las dos familias, elevando por momentos la cotidianidad al terreno de lo sublime (y de lo grotesco); y finalmente en ese guión a veces satírico y a veces terrorífico que extiende su potencia crítica a todos los sectores de la sociedad, evitando en todo momento los socorridos toques moralistas y aleccionadores que romantizan la pobreza y desprecian la riqueza, para sustituirlos por una narrativa renegrida de brillantez inusitada, que utiliza a las nuevas tecnologías como el gran homogeneizador social que nos equipara, en apariencia pero no en fondo, a todos dentro de una especie de democracia animal al límite de una anarquía bestial.

Los parásitos de Bong Joon-ho no son perversos, sólo quieren ser como los parásitos más grandes. No hay maldad alguna en ello. ¿No es acaso eso lo que todos queremos?

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