lunes, 28 de octubre de 2019

Der goldene Handschuh (The Golden Glove) (2019)

¿Cuántas veces hemos escuchado ese clamor generalizado que equipara al hombre del siglo XXI con una roca? "¡La violencia mediática nos ha vuelto completamente insensibles al dolor ajeno!", gritan los más alarmistas, y aunque algo de verdad hay en ello (creo que nadie podrá negar que nuestro nivel de tolerancia a la violencia cinematográfica es mucho mayor que el de una persona de los años treinta), el error radica en equiparar violencia ficcionada con violencia real.

La respuesta del espectador ante un filme de acción en el que se mutila y asesina a cientos de personas, poco o nada tiene que ver con su respuesta frente a imágenes como la de los cuerpos que fueron captados lanzándose al abismo por las ventanas de las Torres Gemelas. Esos píxeles apenas distinguibles, que identificamos como seres humanos reales precipitándose hacia la muerte, resultan muchísimo más impactantes que un nítido estallido de cabezas y vísceras filmado en 4K. La razón es, en primer lugar, porque la identificación de la violencia real de inmediato nos coloca en un estado mental de empatía que nos golpea con una fuerza radicalmente distinta a la del entretenimiento violento, y en segundo lugar porque la violencia cinematográfica suele representarse con una teatralidad completamente ajena a la violencia real.

Es por lo anterior que resulta tan profundamente perturbador encontrar filmes como The Golden Glove, cuya intención es borrar en la mayor medida posible la frontera entre violencia ficcionada y violencia real.

Adaptación de la novela homónima del escritor alemán Heinz Strunk sobre las andanzas de un paupérrimo asesino serial radicado en Hamburgo, The Golden Glove es un ensayo de brillantez insospechada sobre el sinsentido de los asesinatos seriales. Mientras que el siglo XX se encargó de encumbrar a los asesinos seriales como seres de extraordinaria inteligencia, maquillando el horror de sus actos con una vistosa hiperestilización de la violencia, el director Fatih Akin aborda la vida de Fritz Honka desde el otro extremo del espectro. Rayano en el retraso mental, alcohólico descomunal, y carente de cualquier atisbo de propósito vital, el protagonista del filme no sólo representa la antítesis de nuestros idolatrados Hannibal Lecters, sino la fotografía más irredenta y desoladora que haya visto en años recientes sobre la soledad del hombre moderno. La soledad de ese hombre urbano que vive al día, que se sabe inconsecuente, y cuya emoción más grande radica en engendrar su propia destrucción.

Me atrevo a decir también que The Golden Glove es una de las películas más sucias de la historia del cine. Cada uno de los fotogramas que Fatih Akin y el cinefotógrafo Rainer Klausmann nos regalan es una grotesca oda a lo abyecto, desde la cara deformada de Honka que transforma al estupendo actor y galanazo Jonas Dassler en un detrito de la humanidad, hasta los decorados que funcionan como cuidadosas réplicas de una realidad que visualmente hiede, el filme de Akin es uno de los viajes más genuinamente desagradables que pueden tenerse en una sala de cine, situación que lejos de demeritar el metraje lo convierte en una obra profundamente virtuosa en cuanto a su interpretación de lo indecible, y en cuanto a su representación de una violencia que aterra por su similitud con lo que podemos imaginar es la violencia real.

The Golden Glove está muy alejada de la hiperestilizada violencia de Hollywood. Los asesinatos que se presentan en pantalla, carentes de toda motivación más allá de la generación de un abismo vital, son espeluznantes en cuanto a la brutalidad de su ejecución, una brutalidad animal completamente visceral, que se muestra a partir de un espectacular dominio de la composición visual de cada una de las secuencias, y a partir de la intención de tratar a los cuerpos decadentes que pululan el metraje como lo que son: bultos de carne sanguinolenta y huesos desprovistos de la más mínima humanidad.

Eso es todo. No hay moraleja y no hay redención, sólo un montón de partes humanas guardadas en un ático que huele a muerte. Ese ático es el mundo. Qué salvajada más extraordinaria.

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