jueves, 19 de diciembre de 2019

Atlantique (Atlantics) (2019)

Que sea estéril aquella noche,
no entren en ella gritos de júbilo.
Maldíganla los que maldicen el día,
los que están listos para despertar a Leviatán.
Libro de Job 3:7-8


La fuerza emotiva del océano está en buena medida asociada a la contemplación de su inmensidad. De pie frente a sus olas nos maravillamos y horrorizamos a partes iguales al colocarnos físicamente frente al misterio de lo infinito; frente a ese Leviatán cuya furia legendaria se equilibra con las bondades de sus aguas repletas de alimento. Sólo la necesidad y el arrojo heroico han motivado la intrusión del ser humano en los territorios más agrestes de ese océano, que es al mismo tiempo campo de exquisitos frutos marinos, puente entre civilizaciones, y gigantesco ataúd.

Son precisamente la necesidad y el arrojo heroico las claves emotivas de Atlantique: ópera prima de la directora francesa Mati Diop, que conquistó el gran premio del jurado en el festival de Cannes, y que forma parte de una sólida lista de cintas de denuncia social que han marcado con su virtuosismo e inteligencia el devenir del año 2019.

Diop resume la declaración de intenciones del filme en una de sus tomas inaugurales, cuando la cámara de la experimentada cinefotógrafa Claire Mathon enmarca en plano abierto a una gigantesca torre futurista que se alza en el centro de Dakar: la capital de Senegal y el punto geográfico más occidental del continente africano, de donde centenares de balsas cargadas de cuerpos desesperados suelen salir en busca de costas españolas. La torre, que penetra con su esqueleto de concreto y acero la bruma polvorienta de Dakar, se mira cercada de lejos por ruinas, mas no por las ruinas de un conflicto bélico, sino por las ruinas de la pobreza que crece, como una masa informe, engendrando amasijos de escombros que no son destrucciones sino viviendas que sus habitantes nunca han logrado terminar.

La torre, que se erige como el gran símbolo del progreso, es construida por las manos de trabajadores que llevan meses sin cobrar un centavo; trabajadores acorralados que si deciden irse renuncian al monto total que les deben, pero si se quedan lo hacen bajo un sueldo nulo, con la promesa de en algún momento cobrar lo que es justo. Endeudado y desesperado, Moustapha sube a una lancha con el resto de su cuadrilla de construcción y desaparece entre el oleaje, dejando todos ellos atrás a un grupo de mujeres que en su eterna espera serán las protagonistas del filme.

Poco más debe decirse de la historia para no arruinar los giros de este filme que en hora y media de metraje se muestra como un derroche de sensibilidad e inventiva. La reflexión en torno a la violencia de la precariedad, que Diop ejecuta desde las antípodas del misery-porn, evitando caer en los clichés de ese género que tantos premios ha cosechado gracias a la explotación de la miseria,  adquiere tintes fantásticos con una bellísima historia de posesiones que la transforma en uno de los filmes más delicados que haya visto el género zombi.

Directora, guionista y actriz, Diop se muestra en su primera película como una cineasta brillante, que en todo momento busca ir por derroteros inesperados que potencien el desarrollo de personajes que son mucho más que su sexo y su condición social. Personajes cuya capacidad de odiar, amar y vengar no se mide en absolutos, sino en escalas repletas de matices donde las tres emociones terminan mezclándose de forma indistinguible.

Oda fantástica a los cadáveres de aquellos sobre los que se construye la civilización, Atlantique es uno de los filmes más valiosos del 2019.

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