jueves, 30 de enero de 2020

Jojo Rabbit (2019)

Holocausto: del griego ὁλόκαυστος
Holo (ὁλον) = Todo
Kaustos (καυστος) = Quemado

En más de una ocasión el humor y el Holocausto judío se han dado la mano en la oscuridad de una sala de cine. Atraídos por las posibilidades dramáticas que involucra el maridaje entre tragedia y comedia, numerosos directores se han adentrado con mayor o menor fortuna en los peligrosos caminos de la reinvención humorística de una de las tragedias más emblemáticas del siglo XX. A botepronto nos vienen a la memoria ejemplos como la mítica película The Day the Clown Cried, en la que Jerry Lewis interpretaba a un payaso que termina llevando, cual flautista de Hamelin, a los niños judíos a las cámaras de gas, o el fenómeno utrapop de La vida es bella, en el que Roberto Benigni reinterpreta desde su gracia natural (y también desde su cursilería natural) los códigos narrativos de The Day the Clown Cried para crear una película no apta para chillones. Sin embargo, y por fortuna, lo que el cineasta neozelandés Taika Waititi hace en Jojo Rabbit (su más reciente cinta sobre las aventuras de un niño de las juventudes hitlerianas que tiene como amigo imaginario al mismísmo Adolph Hitler) es un ejercicio fílmico que rehuye el lugar común de la tragedia, y revitaliza la idea del humor no como un mecanismo de escape de la realidad, sino como herramienta para decodificar y entender una realidad que pareciera anclada en la más abyecta irracionalidad.

La guerra se aproxima a su fin, y a pesar de que las fuerzas del Reich parecen debilitadas, Jojo está obsesionado con enlistarse en las juventudes hitlerianas. En su cuarto, tapizado con carteles del führer, Jojo se viste todas las mañanas en full nazi kids fashion, para luego partir al campamento de entrenamiento donde su mentor (un nazi desencantado), y su amigo imaginario Adolph (Taika Waititi en clave de führer-clown) le refuerzan constantemente los baluartes del credo germano fascista: el orden, la lealtad, y el triunfo de la raza superior. Sin embargo todo cambia cuando el cliché de la niña judía en el ático hace su aparición, y detona el diálogo de Jojo con aquellos a los que nunca ha podido escuchar.

La sinopsis no solo se antoja moralina, sino además cursi y plagada de clichés, y pues sí, Jojo Rabbit es una cinta moralina, por momentos cursi y también repleta de clichés. Sin embargo la inteligencia de Taika Waititi como director y guionista le permite adaptar la novela Caging Skies, de Christine Leunens, con la sutileza y la habilidad suficientes para que todos esos elementos, que en manos más torpes habrían engendrado una película insufrible, funcionen en favor de la narrativa del filme y no en favor de esa lágrima fácil a la que Hollywood nos tiene tan acostumbrados.

Waititi juega con los polémicos tópicos de la corrección política, de la libertad de género, y de la representación de símbolos satanizados por la cultura occidental con la habilidad de un malabarista experto, construyendo una pieza de cine pop diseñada para complacer, pero al mismo tiempo para transmitir un mensaje que, a pesar de que encaja perfecto en los cánones de lo políticamente correcto, en ningún momento se siente forzado o impostado.

Mención especial merece la espectacular interpretación de Scarlett Johansson como la madre de Jojo, que consigue exactamente lo mismo que la película en su conjunto: transformar secuencias diseñadas para la cursilería barata en auténticos momentos de potencia dramática (véase, por ejemplo, la escena en la que Scarlett se disfraza del padre de Jojo), y ya que andamos en el rubro de la actuación, entrañable hasta decir basta resulta también la hilarante interpretación de Archie Yates como el mejor amigo de Jojo, y la aparición de Sam Rockwell en su papel de nazi adorable (¿es legal usar esas dos palabras juntas?).

Sobresaliente resulta también el diseño de producción de la cinta, pero sobre todo el diseño de vestuario compuesto por la mexicana Mayes Rubeo, quien logra, como tal vez en ninguna otra película del 2019, que la ropa de los protagonistas sea un personaje trascendente del filme, tan insoslayable y representativo como los humanos a los que viste.

Estudio preciso sobre el adoctrinamiento de masas –como prueba no hace falta mas que ver la brillante secuencia inaugural del filme, en la que Waititi equipara mediante un montaje espectacular al nazismo con la beatlemanía– y sentida elegía para todos aquellos que son capaces de alcanzar el absurdo heroico de dar sus vidas por un ideal, Jojo Rabbit es una hilarante y delicada comedia cuya mayor virtud radica en su habilidad para conectar con las fibras más cursis del espectador sin insultar su inteligencia, y eso, amigos, no es tarea fácil.

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