viernes, 3 de enero de 2020

The Two Popes (2019)

Primero la anatomía de una escena:

En el último acto de The Two Popes –la más reciente película del director de Cidade de Deus: el brasileño Fernando Meirelles– el cardenal argentino Jorge Bergoglio camina junto al entonces Papa Benedicto XVI, y bajo el pórtico de una entrada lateral a la Capilla Sixtina, justo antes de despedirse, lo toma de la mano y decide enseñarle a bailar tango frente a la mirada atónita de la guardia vaticana. La secuencia, históricamente intrascendente, es sin embargo un elemento clave dentro del filme, porque sintetiza de forma inmejorable la intención principal de Meirelles a lo largo de todo el metraje: humanizar a dos símbolos. Sin embargo, la flagrante cursilería de esa secuencia que se antoja (por decir lo menos) improbable en el contexto histórico real de ambos personajes, nos revela también las pautas tramposas de esa humanización que tiene más en común con las ficciones publicitarias de un anuncio de Coca-Cola, que con la ficción de alguien que busca dilucidar los mecanismos de un acontecimiento histórico. Pero la cosa no queda ahí. Si pensamos la conexión de esa escena con el resto de la cinta, todo se vuelve aún más pantanoso al entender que ese tango, diseñado para detonar la sonrisa tierna del público, ocurre apenas un par de minutos después del gran momento catártico del filme (si no han visto la película y son sensibles a los SPOILERS, les recomiendo dejar de leer), en el que Benedicto, tras una amistosa comilona de fantas y pizza a domicilio (¡el Papa pide pizza a domicilio como nosotros!) confiesa su intención de renunciar a la silla de San Pedro, revelando el pequeñísimo detalle de que hizo caso omiso a las denuncias de pederastia de Marcial Maciel. La trampa de Meirelles se activa de forma magistral en esa secuencia previa al baile, mostrándonos que el director brasileño "se atreve" a tocar el tema de la pederastia eclesiástica lo suficiente para que el público exclame "¡qué fuerte!", pero no lo suficiente para incomodar a la audiencia, cambiando la conversación dos segundos después de la violenta confesión a la enternecedora tragedia de que Benedicto le reza y le reza a Dios, pero Dios no le dice nada (¡al Papa tampoco le habla Dios! ¡Igual que a nosotros!). Es de esa forma que, una vez minimizada la omisión de Benedicto, Meirelles introduce como colofón de ese mecanismo narrativo el baile de tango con el que todo queda saldado, y los dos humanos santificados sellan su entrañable amistad.

En eso se basa el éxito de The Two Popes: en el brillante diseño narrativo que Meirelles construye en torno a la enternecedora amistad de dos viejitos poderosos que con el tiempo, a pesar de sus diferencias, van tejiendo hilos de amistad en común que les permiten comprender sus respectivos pasados. Pasados que se analizan con la suficiente superficialidad para no escandalizar a nadie, pero con la potencia necesaria para validar a ambos personajes como valiosos y dignos de su posición eclesiástica. Me gustaría hablar también del siempre virtuoso diseño audiovisual de Meirelles, o de las por momentos sobresalientes actuaciones de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce en sus papeles protagónicos, pero la manipulación emocional del filme me impidió disfrutar de esos elementos aislados que para mi gusto quedan manchados. Ni modo.

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