jueves, 5 de marzo de 2020

Martin Eden (2019)

La naturaleza del hombre es nacer
 dueño de sí mismo y en libertad. 
Asumir que el hijo de un esclavo nace 
esclavo es asumir que no nace humano.
–Jean Jacques Rousseau

La fantasía de la libertad humana vista desde su concepción más romántica suele centrarse en un concepto fundamental: que cualquier ser humano pueda desarrollar su máximo potencial de forma irrestricta, sin verse acosado por fuerzas externas que lo obliguen a desperdiciarse en tareas forzadas por las que no muestra pasión alguna. Ese concepto tan bello, tan utópico, y tan ingenuo, que plantea una vida ejercida desde la más completa pasión creativa, se arraiga en nosotros como una especie de fin supremo que, aunque sabemos inalcanzable, al menos nos permite tener esperanza frente a la incertidumbre de un futuro desconocido. 

Es precisamente ese camino a la libertad encontrado a través del acto creativo –con sus gozos, sus decepciones y sus horrores el que constituye el núcleo narrativo de Martin Eden: la adaptación que el cineasta italiano Pietro Marcello hace de la celebrada novela homónima de Jack London, en la que un joven marinero decide, en parte por convicción personal y en parte por amor, abandonar su vida errante para enfocar todos sus esfuerzos vitales en algo que no solo le es completamente ajeno, sino que además parece imposible dada su ausencia de educación formal, algo que cualquiera tacharía de descabellado pero de lo que sin embargo se siente absolutamente capaz: escribir. 

Del mismo modo que el Martin Eden de Jack London, el de Pietro Marcello funciona como una representación de los vaivenes ideológicos que puede sufrir un hombre dados los impulsos externos a los que se enfrenta, pero sobre todo funge como una brillante alegoría de la inalcanzable felicidad que se fundamenta en ideales abstractos, y del violento desengaño que implica ver la materialización deformada de esos ideales en el mundo real.

La odisea de Martin Eden además de ser una radiografía de los tortuosos procesos de rechazo y menosprecio a los que debe someterse la obra de un escritor para ser publicada, es por encima de todo la crónica de una cruenta lucha de clases en cuyos mecanismos se reflejan las prácticas humanas más detestables, y los caminos de odio, ignorancia y mezquindad que han sido la norma de nuestra sociedad durante milenios.

La pericia de Pietro Marcello para ensamblar la historia con inteligencia y coherencia, dotando al material fuente de una nueva visión política al trasladar la narración de Oakland a la ciudad de Nápoles en un periodo cercano a la Segunda Guerra Mundial es formidable, y esa proeza narrativa que Marcello consigue junto a su coguionista Maurizio Braucci, se enmarca en un vistoso desprecio de los formatos digitales al recurrir como eje visual al prácticamente olvidado formato de 16mm, y al uso de celuloide expirado, que en combinación con algunos momentos deslumbrantes de entintado manual, y de piezas de archivo antiguas, le otorgan al filme una potencia visual completamente ajena a cualquier trabajo contemporáneo.

Finalmente el broche de oro de todo ese trabajo colectivo es lo que el actor Luca Marinelli hace frente a la cámara. Su interpretación de Martin Eden abarca una multiplicidad de rangos histriónicos verdaderamente abrumadora, que va de la ternura más infantil a la destructiva rabia vital de un hombre que se contempla imposibilitado para alcanzar los ideales que han regido su vida, a pesar de sus desmedidos esfuerzos para intentar pertenecer y contribuir a una sociedad que ni lo entiende ni lo necesita.

Subestimado por la aristocracia que encuentra placer en exhibir la inferioridad de sus congéneres, y enemistado con sus compañeros de lucha proletaria por disentir de su simplicidad ideológica, la historia de Martin Eden no es la de un hombre sino la de una isla, y en torno a esa isla el cineasta Pietro Marcello erige una película extraordinaria.

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