lunes, 23 de marzo de 2020

El hoyo (2019)

Una de las fantasías más recurrentes del ser humano es la de cambiar al mundo que lo rodea. Insatisfechos en mayor o menor medida con las reglas que fundamentan nuestra sociedad, todos hemos soñado alguna vez con modificar aspectos esenciales de nuestra cotidianidad, ya sea desde el sistema económico que nos rige hasta nociones más genéricas que se materializan en conceptos como la erradicación del hambre o la búsqueda de la paz mundial. Sin embargo, la fantasía de una sociedad sin desigualdades en la que toda la población trabaje en armonía para lograr un bien común se enfrenta de inmediato a la imposibilidad de encontrar un camino lógico para llegar a ella. Todos conocemos la respuesta ideal de la ecuación, pero nadie los factores que conducen al resultado deseado.

Ese mundo, imperfecto en su estructura pero perfecto en su brutalidad, es representado por el director español Galder Gaztelu–Urrutia mediante la alegoría más minimalista posible: un hoyo. En el hoyo hay niveles, y en cada nivel hay una plataforma rectangular cercada por cuatro muros que delimitan una celda habitada por dos inquilinos. En el centro de cada celda hay un hoyo que le permite a los dos inquilinos ver las dimensiones en apariencia infinitas de la prisión vertical en la que se encuentran. No hay manera de escapar, pero ante esa estructura el único problema se reduce al de cualquier prisión: evitar el aburrimiento y esperar que tu compañero de celda no sea un psicópata.

Sin embargo la cosa no termina ahí, ya que el hoyo no es propiamente una prisión gubernamental, sino un experimento de crueldades insospechadas enfocado en el hecho de que una vez al día, por el hueco central que atraviesa todas las celdas apiladas en forma vertical, baja una mesa cubierta con los más deliciosos manjares. Los prisioneros que habitan los primeros diez niveles comen como reyes, pero conforme la mesa desciende la comida empieza a agotarse y las tensiones entre cada par de inquilinos, así como las pugnas entre las diferentes plataformas, comienzan a engendrar grotescos juegos de poder que le permiten a Gaztelu-Urrutia despojar a la lucha de clases de los matices que la hacen soportable en el mundo real, para exponerla desde un tremendismo que, aunque exagerado, revela con claridad algunos de los mecanismos más grotescos de las estructuras sociales humanas.

Digna heredera de Cube, la brillantez de El hoyo radica en dos elementos principales: la inteligencia formal con la que Gaztelu-Urrutia expone ese mecanismo de tortura tan sencillo en forma y tan complejo en fondo, y la habilidad del guionista David Desola para perfilar al personaje central como un hombre que, al estar construido a partir de los preceptos morales típicos de la clase media, le permite al espectador empatizar con él y adoptar su lugar en una especie de cruel juego inmersivo. Juego que por supuesto sería imposible sin la pericia histriónica del talentoso Iván Massagué.

No quiero revelar nada que pueda arruinar la experiencia de ver la película por primera vez, así que sólo diré que lo que más disfruté del filme, además de su modesta pero efectiva factura, es la cruenta estructura narrativa mediante la que David Desola enfrenta al idealismo mediático buen rollero del siglo XXI que cree conocer las respuestas para lograr un mundo feliz, con esa abyecta realidad que no le interesa a las cámaras, y que ocurre en lo más profundo del hoyo social que habitamos. Ahí donde después de un largo trayecto sólo llegan los restos rotos de una lujosa vajilla manchados de sangre.

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