lunes, 29 de junio de 2020

Zombi Child (2019)

De nuestros músculos sobre la tierra
Es la espuma del sudor negro 
Que desciende esta noche al mar! 
Escucha mundo blanco 
Mi rugido de zombi

René Depestre - Capitán Zombi

Mucho antes de la sesofagia, de la radiactividad, de los experimentos genéticos, de los infectados, de las manos que brotan entre gruñidos de las tumbas frescas, y de aquella inolvidable casita en blanco y negro rodeada de cadáveres con la que George A. Romero dio pie a uno de los géneros más sobre explotados del cine, los zombis vagaban sin rumbo por las plantaciones de caña de azúcar en Haití.

Cuerpos negros que llegaron de África para trabajar la tierra, cuerpos que con machete en mano y la vista perdida cortaban caña bajo el rabioso sol de la isla caribeña; cuerpos esclavizados y despojados de cualquier atisbo de individualidad mediante un régimen de violencias indecibles; cuerpos transformados en máquinas carentes de humanidad; cuerpos que el colonialismo convirtió en zombis. Sin embargo, a diferencia de sus parientes modernos, la tradición del zombi haitiano está directamente vinculada a la cultura africana vudú, en la que un brujo (el "bokor") podía reanimar cadáveres, tomar control de su voluntad, y someterlos a cualquier tipo de trabajo, metaforizando de forma inmejorable la deshumanización implícita en un sistema de esclavitud.

El director francés Bertrand Bonello recupera en Zombi Child la tradición del zombi primigenio, y a partir de ella elabora una brillante disección del sincretismo multicultural sobre el que se ha erigido esa Francia contemporánea que es al mismo tiempo hija de Voltaire, de Balzac, de las arenas de Costa de Marfil, y del hip-hop africano de Damso.

Dos historias separadas en el tiempo fungen como hilos conductores de la narrativa: la del célebre haitiano Clairvius Narcisse, quien en la primera mitad del siglo XX declaró haberse convertido en zombi, y la de una chica adolescente que llega con su tía a Francia tras la devastación del sismo de 2010 en Haití, y que por azares del destino termina insertada en una escuela para jóvenes económica y socialmente privilegiados. Son esas dos historias en apariencia tan disímiles las que le permiten a Bonello entablar un diálogo entre el presente y el pasado de una Francia construida en buena medida sobre una estructura de cadáveres negros. Una Francia que, como cualquier país, educa a sus élites a partir de un recuento histórico superficial, que maquilla y muchas veces entierra en el olvido los pecados detrás de sus triunfos.

Bonello vuelve a montar un show de un solo hombre al producir, dirigir, escribir, e incluso componer el bellísimo soundtrack del filme, para entregarnos una cinta virtuosa en su planteamiento estético (cortesía del gran cinefotógrafo Yves Cape), correctamente actuada (estupenda Wislanda Louimat), y brillante en la forma en la que carga de significancia política y social a dos sencillas historias de amor. Bonello narra la historia cultural de Francia a través de dos enamoramientos zombi, y al mismo tiempo reflexiona sobre los dos puntos extremos dentro del espectro del amor romántico. La conceptualización del zombi que desea y ama la vida se enfrenta al ideal romántico del sometimiento del ser amado, de la erradicación de su libertad de elección, de su zombificación. Y es con ese planteamiento formidable que Bonello crea una película que irónicamente renueva la visión del zombi moderno a través de la disección de su pasado histórico, un filme que se aleja en todo momento de los clichés y manías propias del género, para pintar un retrato adolescente que nos recuerda con el mayor desparpajo que en la Francia del siglo XXI La Marsellesa se toca a ritmo de hip-hop.

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