miércoles, 16 de diciembre de 2020

Mank (2020)

Durante milenios la historia de la humanidad se ha construido sobre montañas de huesos y sobre incontables mitos que dan nombre y significado a esos huesos. Maquillada, exaltada y deformada, la historia que se cuenta en los libros que estructuran nuestra limitada concepción del mundo suele alejarse radicalmente del elusivo concepto de "verdad histórica". Un concepto que aún hoy con nuestras redes sociales y nuestra adicción a la información noticiosa sigue pareciendo completamente inasible. 

El cineasta estadounidense David Fincher es el paradigma del moderno constructor de mitos. Su interés por el poder que tiene la ficción para replantear la Historia del mundo queda palpable en tres de sus trabajos más notables: Zodiac, The Social Network y la serie Mindhunter; e incluso en sus grandes obras de ficción pura como Fight Club, Gone Girl, o Seven, la estructura dramática gira en todo momento alrededor de la construcción de "el mito" del filósofo de la violencia, "el mito" de la mujer desaparecida, o "el mito" del asesino serial.

Es por esto que en un principio me emocionó ver la noticia de que finalmente David Fincher adaptaría el guion que su difunto padre Jack Fincher había escrito en los noventa sobre la vida de Herman J. Mankiewicz: el olvidado guionista que dio forma a la que probablemente sea la película con más mitología de la historia de Hollywood, así como una de las piezas de cine más sobresalientes jamás filmadas: Citizen Kane. Y fue precisamente esa emoción inicial la que me hizo lamentar aún más el hecho de que la película terminara siendo un producto tan fallido.

En esta ocasión un mito jugó en contra de Fincher, sin embargo no fue el mito de "la mejor película de todos los tiempos"; o el mito de ese jovencísimo Orson Welles al que la productora RKO le dio una libertad presupuestal y temática sin precedentes; o el mito del ataque cinematográfico que esa película sin límites emprendía contra una de las figuras más emblemáticas del poder estadounidense, el magnate William Randolph Hearst. No, ninguno de esos mitos es culpable del fallo del filme; el mito que desarmó y derrotó a Fincher antes de comenzar siquiera la película fue el de su propio padre.

Y digo lo anterior porque el principal problema del filme es sin lugar a dudas su guion. Un guion cuya estructura intenta en buena medida replicar la de Citizen Kane, pero que es incapaz de hilar sus saltos temporales con la elegancia y el sentido rítmico de quien irónicamente es el héroe de la película: Mankiewicz. Un guion escrito por alguien que ama profundamente a Hollywood, pero que demuestra ese amor de la peor forma posible, introduciendo diálogos sobre explicativos y carentes de la más elemental naturalidad, sólo para hacer referencias casi en plan de trivia al Hollywood de los años cuarenta. Un guion que olvida por completo lo que significan el intelecto y el lenguaje humano, dotando a sus personajes de una capacidad dialoguística sobrehumana, que en su forzada erudición sólo genera rechazo e imposibilita la más mínima vinculación emocional con los personajes. Un guión que probablemente Fincher buscó adaptar de la manera más fiel posible por ser de su padre, pero que terminó por hundir toda la película.

Poco más vale la pena decir sobre la cinta, que como anécdota histórica no esta mal, pero como obra cinematográfica es solemne, aburrida y torpe. ¿Vale la pena hablar de la poco aventurada fotografía de Erik Messerschmidt? ¿O del intrascendente soundtrack de Trent Reznor y Atticus Ross? ¿O de la interpretación de Gary Oldman en clave de forzado alcohólico-genial? ¿O de las burdas caricaturas mediante las que Fincher perfila a Orson Welles y Louis B. Mayer? Tal vez lo único que se salve sea Charles Dance con su interpretación de William Randolph Hearst, pero una cosa es que se salve y otra que valga la pena hablar de él. En fin. Ni para qué seguir. Véanla bajo su propio riesgo.


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